CARLOS MEDINACELI QUINTANA


 Nací en Sucre un 30 de enero de 1898, pero mis raíces están más lejos aún, entre las huellas de la historia. Soy tataranieto de Carlos Medinaceli Lizarazu, aquel militar que peleó en la batalla de Tumusla. Quizás de ahí me viene esta mezcla entre el deber y la rebeldía.

Desde joven sentí que mi destino estaba en las palabras. Estudié en el Colegio Nacional Pichincha y luego Derecho en la Universidad Tomás Frías de Potosí, aunque mi verdadera ley fue siempre la de las letras. En 1918, junto a Gamaliel Churata, fundamos Gesta Bárbara, no como un simple grupo literario, sino como un grito. Queríamos zarandear la cultura boliviana, abrirle paso a lo nuevo, incomodar. Y vaya que lo hicimos.

Primero fui poeta. De esos que buscan la belleza con la angustia en los ojos. Pero ya para 1921 dejé la poesía. No porque me decepcionara, sino porque la realidad me exigía otro lenguaje: el de la crítica. Me volqué al análisis literario, al ensayo, al pensamiento profundo. Escribí obras como Estudios críticos y La educación del gusto estético, porque siempre creí que el gusto no nace, se forma. Hay que educarlo. Hay que enseñarnos a ver.

Pero si hay un texto que marcó mi vida y mi alma, fue La chaskañawi. Muchos la conocieron en 1947, poco antes de mi muerte, pero yo la escribí mucho antes, en los años 20, cuando atravesaba una crisis existencial tan profunda como silenciosa. Mientras mis personajes crecían en intensidad y complejidad, yo sentía que algo en mí se vaciaba. No es casual que Claudina, esa chola de ojos de estrella, haya sido tan poderosa. En ella condensé la pasión, el conflicto racial, el erotismo, el mestizaje, la lucha entre mundos. No es una novela indigenista por moda, es una radiografía de un país fracturado.

No todo fue literatura. Me metí en política también, fui senador entre 1936 y 1939. Quería aportar desde otros frentes. Pero mi verdadera militancia siempre fue la cultural. Trabajé en periódicos como El Diario, La Razón, La Propaganda, La Democracia de Potosí... La tinta fue mi arma más constante.

Muchos de mis textos quedaron regados por ahí, en revistas que desaparecieron como soplos. Por suerte, mi querido amigo Armando Alba reunió varios en Páginas de vida, y después vinieron más recopilaciones. A veces siento que escribí para el futuro, porque mi presente no siempre me comprendió.

Hoy me leen con otros ojos. Eso me basta. Porque como dije alguna vez: la literatura no es un adorno, es un espejo que incomoda. Y yo siempre quise incomodar.



¿Charlamos un rato?

Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy

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