Desde joven sentí que mi destino estaba
en las palabras. Estudié en el Colegio
Nacional Pichincha y luego Derecho en la Universidad Tomás Frías de Potosí, aunque mi verdadera ley fue
siempre la de las letras. En 1918, junto a Gamaliel
Churata, fundamos Gesta Bárbara,
no como un simple grupo literario, sino como un grito. Queríamos zarandear la
cultura boliviana, abrirle paso a lo nuevo, incomodar. Y vaya que lo hicimos.
Primero fui poeta. De esos que buscan la
belleza con la angustia en los ojos. Pero ya para 1921 dejé la poesía. No
porque me decepcionara, sino porque la realidad me exigía otro lenguaje: el de
la crítica. Me volqué al análisis literario, al ensayo, al pensamiento
profundo. Escribí obras como Estudios
críticos y La educación del gusto
estético, porque siempre creí que el gusto no nace, se forma. Hay que
educarlo. Hay que enseñarnos a ver.
Pero si hay un texto que marcó mi vida y
mi alma, fue La chaskañawi. Muchos
la conocieron en 1947, poco antes de mi muerte, pero yo la escribí mucho antes,
en los años 20, cuando atravesaba una crisis
existencial tan profunda como silenciosa. Mientras mis personajes crecían
en intensidad y complejidad, yo sentía que algo en mí se vaciaba. No es casual
que Claudina, esa chola de ojos de estrella, haya sido tan poderosa. En ella
condensé la pasión, el conflicto racial, el erotismo, el mestizaje, la lucha entre
mundos. No es una novela indigenista por moda, es una radiografía de un país
fracturado.
No todo fue literatura. Me metí en
política también, fui senador entre 1936 y 1939. Quería aportar desde otros
frentes. Pero mi verdadera militancia siempre fue la cultural. Trabajé en
periódicos como El Diario, La Razón, La Propaganda, La Democracia
de Potosí... La tinta fue mi arma más constante.
Muchos de mis textos quedaron regados por
ahí, en revistas que desaparecieron como soplos. Por suerte, mi querido amigo Armando Alba reunió varios en Páginas de vida, y después vinieron más
recopilaciones. A veces siento que escribí para el futuro, porque mi presente
no siempre me comprendió.
Hoy me leen con otros ojos. Eso me basta. Porque como dije alguna vez: la literatura no es un adorno, es un espejo que incomoda. Y yo siempre quise incomodar.
Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy
Comments
Post a Comment