Nací en La Paz, Bolivia, en 1891, en un
tiempo en que a las mujeres se nos asignaba un lugar fijo y callado. Pero yo
soñaba con otro horizonte. Crecí en una familia que me enseñó a valorar la
educación, el compromiso y el sentido del deber. Desde muy joven, entendí que
el silencio no podía seguir siendo el destino de las mujeres.
En los años 30, cuando mi esposo fue
nombrado diplomático en Washington D.C., comencé a transitar espacios donde las
voces femeninas ya empezaban a resonar con fuerza. No era fácil: se nos
escuchaba poco, y muchas veces se nos toleraba apenas. Pero aún así, persistí.
Fui la primera mujer boliviana en formar
parte de la Comisión Interamericana de Mujeres de la OEA. Lo digo con humildad,
pero también con orgullo: abrí camino donde antes no se creía que una mujer
pudiera caminar. Recuerdo el Congreso Interamericano de Mujeres en Guatemala,
en 1947. Allí, entre tantas compañeras valientes, sentí que éramos una fuerza
creciente, tejida con coraje, ternura y convicción.
Trabajé por la paz, por la libertad, y
por la dignidad de las mujeres de América. Lo hice desde la diplomacia, pero
también desde la ternura política: esa que entiende que un cambio profundo
empieza en lo cotidiano. No me importaban las fronteras ni los títulos; me
importaba que cada niña, en cada rincón del continente, supiera que su voz
tenía valor.
Hoy una fundación lleva mi nombre. La
Fundación Carmen trabaja por la equidad y la inclusión social. Yo no estoy
físicamente allí, pero mi espíritu sí. En cada taller, en cada comunidad, en
cada proyecto donde una mujer levanta su voz, ahí estoy. No por nostalgia, sino
porque aún queda mucho por construir.
Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy
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