GUILLERMO FRANCOVICH SALAZAR


 Soy Guillermo Francovich Salazar, nací en Sucre en 1901, pero he vivido —mental y espiritualmente— en muchos siglos a la vez. Fui filósofo, sí, pero también dramaturgo, académico, diplomático, y, por sobre todo, alguien obsesionado con entender el alma boliviana.

No crean que mi vida fue una línea recta. Entre clases, viajes, libros, cargos y obras, me dediqué a desentrañar ese laberinto que es el pensamiento humano. Fui rector de la Universidad de San Francisco Xavier, dirigí el Centro Regional de la UNESCO en La Habana, y hasta terminé como miembro de la Academia Boliviana de la Lengua. No me pregunten cómo logré combinar todo eso… quizás porque nunca supe separar el pensamiento del hacer.

Uno de mis mayores orgullos fue rescatar y sistematizar las corrientes filosóficas bolivianas del siglo XX. En El pensamiento boliviano en el siglo XX, no solo puse orden en las ideas, también devolví la voz a figuras clave como Carlos Medinaceli y Gabriel René Moreno. ¿Por qué? Porque entendí que en Bolivia, historia y literatura no caminan por separado. Se necesitan. Se reflejan. Nuestra filosofía no es abstracta, está hecha de tierra, sangre e identidad.

Vi cómo tres grandes corrientes se cruzaban en nuestra reflexión nacional: el nacionalismo, el socialismo y el indigenismo. Y no como teorías sueltas, sino como pulsos vitales de un país que busca entenderse a sí mismo mientras se desangra y se reconstruye.

Mi curiosidad no se detuvo en nuestras fronteras. Me sumergí en el pensamiento de Francis Bacon, Pascal, Lévi-Strauss, Whitehead y, claro, Heidegger, a quien dediqué uno de mis libros más intensos. El existencialismo me fascinó no por moda, sino porque hablaba de lo que más me inquietaba: la angustia, la libertad, la acción, el sentido. Yo no creía en la filosofía de laboratorio. La filosofía tenía que oler a vida, a contradicción, a lucha interior.

¿Sabes qué creo? Que las pasiones humanas son la verdadera energía de la existencia. Nos pueden destruir, sí, pero también nos levantan, nos inspiran, nos hacen escribir, amar, pensar, rebelarnos. Por eso, aunque mi obra está cargada de un cierto pesimismo existencial, nunca dejé de creer que vale la pena seguir buscando, preguntando, creando.

Y hablando de crear, también escribí teatro. Mi obra El monje de Potosí es casi una declaración de amor —y de advertencia— a nuestra historia colonial. La escribí inspirado por la crónica monumental de Arzáns de Orsúa. Bolivia no solo debe ser pensada, debe ser representada, narrada, encarnada. El teatro me permitió decir lo que los ensayos no podían.

A veces pienso que mi vida fue una búsqueda terca por encontrar sentido en medio del caos. O como diría yo mismo: vivir es filosofar con el cuerpo y con las heridas abiertas. No sé si logré todas las respuestas, pero al menos me atreví a hacer las preguntas difíciles.




Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy

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