No crean que mi vida fue una línea recta.
Entre clases, viajes, libros, cargos y obras, me dediqué a desentrañar ese
laberinto que es el pensamiento humano. Fui rector de la Universidad de San
Francisco Xavier, dirigí el Centro Regional de la UNESCO en La Habana, y hasta
terminé como miembro de la Academia Boliviana de la Lengua. No me pregunten
cómo logré combinar todo eso… quizás porque nunca supe separar el pensamiento
del hacer.
Uno de mis mayores orgullos fue rescatar y sistematizar las corrientes
filosóficas bolivianas del siglo XX. En El
pensamiento boliviano en el siglo XX, no solo puse orden en las ideas,
también devolví la voz a figuras clave como Carlos Medinaceli y Gabriel
René Moreno. ¿Por qué? Porque entendí que en Bolivia, historia y literatura
no caminan por separado. Se necesitan. Se reflejan. Nuestra filosofía no es
abstracta, está hecha de tierra, sangre e identidad.
Vi cómo tres grandes corrientes se
cruzaban en nuestra reflexión nacional: el nacionalismo,
el socialismo y el indigenismo. Y no como teorías sueltas,
sino como pulsos vitales de un país que busca entenderse a sí mismo mientras se
desangra y se reconstruye.
Mi curiosidad no se detuvo en nuestras
fronteras. Me sumergí en el pensamiento de Francis
Bacon, Pascal, Lévi-Strauss, Whitehead y, claro, Heidegger,
a quien dediqué uno de mis libros más intensos. El existencialismo me fascinó
no por moda, sino porque hablaba de lo que más me inquietaba: la angustia, la
libertad, la acción, el sentido. Yo no creía en la filosofía de laboratorio. La
filosofía tenía que oler a vida, a contradicción, a lucha interior.
¿Sabes qué creo? Que las pasiones humanas son la verdadera energía de la existencia. Nos
pueden destruir, sí, pero también nos levantan, nos inspiran, nos hacen
escribir, amar, pensar, rebelarnos. Por eso, aunque mi obra está cargada de un
cierto pesimismo existencial, nunca
dejé de creer que vale la pena seguir buscando, preguntando, creando.
Y hablando de crear, también escribí
teatro. Mi obra El monje de Potosí es
casi una declaración de amor —y de advertencia— a nuestra historia colonial. La
escribí inspirado por la crónica monumental de Arzáns de Orsúa. Bolivia no solo
debe ser pensada, debe ser representada, narrada, encarnada. El teatro me
permitió decir lo que los ensayos no podían.
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