JUANA AZURDUY DE PADILLA


 

Nací Juana Asurdui y Llanos, aunque en mi bautizo en Tarabuco, allá por marzo de 1780, mi apellido se asentó como "Asurdui", de raíces vascas. Mi madre fue Juliana Llanos y mi padre Isidro Asurdui. Mi sangre era mestiza, orgullosa de mi linaje "noble": mi abuelo español, Joseph de Asurdui y Otálora, y mi abuela, Paula Valencia, india noble, hija del cacique de Quila Quila de los valientes Yamparáez.

Mi vida tomó un rumbo definitivo al unirme en matrimonio con Manuel Ascencio Padilla en 1799. Juntos tuvimos seis hijos, tres varones y tres mujeres. La llama de la independencia ardía con fuerza en nuestros corazones, y cuando las revoluciones de Sucre en 1809 y Cochabamba en 1810 depusieron a los españoles, Manuel participó activamente, contando siempre con mi apoyo.

Pero la reacción realista no tardó en llegar, y en 1811, la opresión nos golpeó directamente con mi apresamiento y el de mis cuatro hijos. Fue entonces cuando tomé una decisión irrevocable: unirme activamente a la lucha desde la republiqueta de La Laguna.

En 1812, junto a Manuel, nos unimos al ejército patriota del general Belgrano. Logramos reclutar a diez mil valientes milicianos de los ayllus de la región. Mi origen, mis lazos con las comunidades indígenas, mi manejo del quechua, todo ello me permitió ser una reclutadora eficaz. Seguramente, ver a una mujer a caballo, vestida de militar y empuñando un sable con destreza, inspiraba a muchos. Con Manuel, organicé el escuadrón "Los Leales" y el cuerpo de caballería femenina "Las Amazonas", ambos integrados por mestizos e indígenas, y ambos bajo mi capitanía.

En 1813, "Los Leales" demostraron su bravura en la batalla de Ayohuma, venciendo a los realistas con nuestras humildes warakas y lanzas. Belgrano, en reconocimiento a mi mando y al valor de mis tropas, me obsequió su propia espada. Sin embargo, la victoria fue efímera, y los patriotas debimos replegarnos al sur. Fue entonces cuando la guerra de guerrillas se convirtió en nuestra estrategia, y nuestro conocimiento del terreno fue crucial para hostigar al enemigo e impedir su avance hacia Buenos Aires.

Las condiciones se volvieron cada vez más difíciles. Los realistas nos perseguían sin tregua, poniendo precio a nuestras cabezas. Buscando refugio, nos internamos en el valle de Segura, una zona inhóspita de selvas y pantanos. Mis hijos contrajeron la malaria; primero murieron los varones, luego las niñas. A pesar de este dolor inmenso, en 1814 volví a la guerrilla, logrando victorias en Badohondo y Carachimayu, aunque sufrimos una dura derrota en el Cerro de las Carretas, donde perdí a mi leal Juan Huallparrimachi.

Tras esa derrota, di a luz a mi quinta hija, Luisa, en Pitantora. El asedio español no cesaba, y en un intento por proteger a mi pequeña, huí del pueblo. Mi escolta, liderada por Romualdo Loayza, ambicionó las pocas pertenencias valiosas que llevábamos. Con Luisa aferrada a mí, no dudé en defenderme, derribando a Loayza de un sablazo y huyendo a través del río. Para evitar que Luisa corriera la misma suerte que sus hermanos, Manuel y yo decidimos dejarla al cuidado de Anastasia Mamani, una comadre indígena de confianza.

El 3 de marzo de 1816, al mando de "Los Leales" y "Las Amazonas", alcancé la gloria en la batalla de El Villar. No solo vencimos a las tropas españolas, sino que les arrebatamos su preciada bandera reconquistadora de La Paz, Puno, Arequipa y el Cuzco. Por esta hazaña, y por recomendación de Belgrano, fui condecorada por el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón con el grado de Teniente Coronel de las Milicias Partidarias de los Decididos del Perú, un reconocimiento a mis heroicos sacrificios y al valor de mis compañeras en la lucha por la libertad de nuestra patria.

Pero la alegría fue breve. En septiembre de ese mismo año, perdí a mi amado Manuel. En La Laguna, producto de una traición, los realistas nos atacaron. Repliegues en El Villar, volvimos a combatir. Fui herida, y Manuel cayó defendiéndome. Su cabeza fue cortada y exhibida en una pica en la plaza de El Villar como escarmiento. Meses después, con un grupo de leales, tomé la plaza, rescaté su cabeza y le di sepultura con los honores que merecía. Desconsolada, me refugié en Argentina, acogida por el valiente Martín Güemes, quien también encontraría la muerte tiempo después.

Con la independencia de Bolivia consolidada, regresé a mi Sucre natal con mi hija Luisa. En mi casa, recibí la visita de Simón Bolívar y otros patriotas. El Libertador me confirió el grado de Coronela y me otorgó una pensión vitalicia, que lamentablemente solo se pagó durante cinco años.

Un 25 de mayo de 1862, aniversario del primer grito libertario de Sucre, morí en soledad y pobreza en mi casa frente al tambo Qoripata. Según mi sobrino bisnieto, las autoridades no me rindieron honores militares debido a las festividades. Fui sepultada en una fosa común.

Cien años después, mis restos fueron trasladados al lugar que hoy comparto con mi amado Manuel, en la Casa de la Libertad, uniendo nuestros sueños de una patria libre.

¿Charlamos un rato?

Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy


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