MANUELA JOSEFA GANDARILLAS


 

Mi nombre es Manuela Josefa Gandarillas. Nací en esta hermosa Cochabamba, en el seno de una familia de alta alcurnia. La vida, con el tiempo, me arrebató la vista, la diabetes oscureció mi mundo. Pero a mis sesenta años, la llama de la patria ardía en mi corazón con una fuerza que superaba cualquier oscuridad.

El año 1812 quedó grabado a fuego en mi memoria. El yugo español, personificado en el general José Manuel de Goyeneche, amenazaba nuestra libertad. La insurgencia había comenzado en Cochabamba en 1810, impulsada por valientes patriotas. Pero tras ser atacados por el ejército realista, el gobernador Antezana llamó a la rendición.

Yo, Manuela, ciega pero con el alma clara, me negué a negociar. Monté a mi caballo, sintiendo su fuerza bajo mis manos, y con voz firme grité a quienes dudaban: “Si ya no hay hombres, aquí estamos nosotras para afrontar al enemigo y morir por la patria”.

Crecí en esta tierra, la única mujer entre once hermanos. Mi padre, un aristócrata con visión de independencia, me enseñó desde niña el manejo del sable y la espada. En nuestro hogar se respiraba la política, las reuniones secretas donde los patriotas urdían conspiraciones contra la corona española. Mi padre y uno de mis hermanos pagaron con sus vidas su anhelo de libertad, fueron fusilados.

Casada y madre de cuatro hijos, ofrecí mi casa como refugio para encuentros clandestinos. Impulsé los ideales libertarios, abogué por los derechos de las mujeres, convencida de nuestra valía y capacidad. Mis conocimientos, mis experiencias, mis enseñanzas me convirtieron en una sabia consejera para muchas mujeres que buscaban orientación en tiempos de incertidumbre.

Y llegó aquel día, el día de la Coronilla. Lideré a más de trescientas mujeres del pueblo, armadas con machetes, mazos, algunos fusiles y apenas tres cañones. Nos atrincheramos en la Colina de San Sebastián, ese lugar que conocían como La Coronilla. Allí enfrentamos a los soldados realistas en una batalla desigual que duró más de tres horas.

Recuerdo el fragor del combate, el estruendo de los disparos, el coraje de mis compañeras. Luchamos con la furia de quienes defienden lo suyo, la libertad de su tierra. Se cuenta que Goyeneche, en su furia, me hirió en el pecho. Y yo, Manuela, tomando la sangre que brotaba, se la arrojé en la cara antes de caer, muerta pero con la dignidad intacta.

Aquella masacre en San Sebastián, como la recuerda la historia, fue la obra del llamado Conde de Guaqui. Pero en esa defensa heroica, no solo dimos la vida, sino que sembramos la semilla de la libertad.

Hoy, un monumento en Cochabamba honra mi memoria. Y en reconocimiento a nuestro valor, al coraje de todas las Heroínas de la Coronilla, cada 27 de mayo se celebra en Bolivia el Día de la Madre. Un recuerdo perenne de que la valentía no conoce de género ni de edad, y que el amor por la patria puede encender el espíritu incluso en la más ciega de las almas. Aquel 14 de septiembre de 1810, Cochabamba dio el grito libertario, y mujeres como yo estuvimos allí, luchando para que Bolivia fuera libre e independiente.


¿Charlamos un rato?

Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy

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