Desde joven me sentí llamado por el
saber. En 1946 culminé mis estudios de Derecho con una tesis que reflejaba no
solo mi formación jurídica, sino también mi alma cristiana: Fray Francisco de Vitoria, O.P.: fundador del
Derecho Internacional. Allí defendí con pasión la figura del gran maestro
de Salamanca, que tanto ha sido olvidado en tiempos donde lo moderno parece
significar negar nuestras raíces.
La política me tocó de cerca. Fui parte
de la Falange Socialista Boliviana,
y por ello conocí el confinamiento en los años 50, bajo el régimen del MNR. No
guardo rencor. Lo viví con paciencia, sabiendo que quien abraza una causa debe
aceptar también el sacrificio.
Fui embajador
en España y Brasil, y tuve el honor de representar a Bolivia con dignidad.
En Brasil, gestioné un acuerdo fundamental para la venta de gas. En España,
promoví con firmeza nuestros lazos culturales hispánicos, convencido de que la herencia de la conquista, lejos de
avergonzarnos, debe inspirarnos.
A nivel institucional, estuve entre los
fundadores del Comité Cívico Pro Santa
Cruz, de la Universidad Privada de
Santa Cruz de la Sierra (UPSA) y del periódico El Mundo. Siempre creí que Santa Cruz merecía un desarrollo con
alma, no solo con ladrillos.
Mi pluma fue mi escudo y mi lanza.
Escribí artículos, di conferencias y reflexioné en voz alta sobre la historia, la religión, el derecho y los
males del mundo moderno. Algunos de mis escritos más personales fueron
publicados después de mi partida. Al
margen de mis lecturas (1998) recoge apuntes de libros y documentos que me
marcaron. Desde mi umbral (2005)
reúne artículos y conferencias en los que vertí mi pensamiento sin disfraz.
En un tiempo de descristianización acelerada, defendí el cristianismo sin miedo ni
vergüenza. Dije con claridad: “Lo primero que necesitamos es el valor de
declararnos cristianos íntegros, sin falsos respetos ni cobardes
retraimientos”. Nunca me avergoncé de proclamar que el Reino de Dios debe estar en todas partes, no solo en los
templos.
Sobre la conquista hispánica, escribí sin
complejos: no como un hecho de opresión,
sino como un acto de civilización, de fe y de encuentro. Sí, con errores
humanos, pero también con una grandeza espiritual que hoy parece olvidada.
Afirmé sin rodeos: “El Descubrimiento volverá a ser, en la radical unidad del
hombre, flor de eternidad, triunfo de Hispanoamérica, ¡salvación del mundo!”
Mi muerte fue sencilla y silenciosa. Un
olvido —el de mi inhalador— bastó para cerrar mi capítulo en esta vida. Pero
aún queda pendiente algo: rescatar el
pensamiento que dejé, que no nació para la vanidad, sino para el servicio de la
patria, la verdad y Dios.
Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy
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