MARCELO TERCEROS BANZER


 Soy Marcelo Terceros Banzer, nací en 1926 y me despedí de este mundo en 1988. Fui cruceño de raíz, de fe y de palabra. A lo largo de mi vida, procuré pensar con profundidad, hablar con convicción y escribir con fidelidad a mis principios. Nunca me interesó la fama, sino la verdad; no me movió el aplauso, sino el deber.

Desde joven me sentí llamado por el saber. En 1946 culminé mis estudios de Derecho con una tesis que reflejaba no solo mi formación jurídica, sino también mi alma cristiana: Fray Francisco de Vitoria, O.P.: fundador del Derecho Internacional. Allí defendí con pasión la figura del gran maestro de Salamanca, que tanto ha sido olvidado en tiempos donde lo moderno parece significar negar nuestras raíces.

La política me tocó de cerca. Fui parte de la Falange Socialista Boliviana, y por ello conocí el confinamiento en los años 50, bajo el régimen del MNR. No guardo rencor. Lo viví con paciencia, sabiendo que quien abraza una causa debe aceptar también el sacrificio.

Fui embajador en España y Brasil, y tuve el honor de representar a Bolivia con dignidad. En Brasil, gestioné un acuerdo fundamental para la venta de gas. En España, promoví con firmeza nuestros lazos culturales hispánicos, convencido de que la herencia de la conquista, lejos de avergonzarnos, debe inspirarnos.

A nivel institucional, estuve entre los fundadores del Comité Cívico Pro Santa Cruz, de la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra (UPSA) y del periódico El Mundo. Siempre creí que Santa Cruz merecía un desarrollo con alma, no solo con ladrillos.

Mi pluma fue mi escudo y mi lanza. Escribí artículos, di conferencias y reflexioné en voz alta sobre la historia, la religión, el derecho y los males del mundo moderno. Algunos de mis escritos más personales fueron publicados después de mi partida. Al margen de mis lecturas (1998) recoge apuntes de libros y documentos que me marcaron. Desde mi umbral (2005) reúne artículos y conferencias en los que vertí mi pensamiento sin disfraz.

En un tiempo de descristianización acelerada, defendí el cristianismo sin miedo ni vergüenza. Dije con claridad: “Lo primero que necesitamos es el valor de declararnos cristianos íntegros, sin falsos respetos ni cobardes retraimientos”. Nunca me avergoncé de proclamar que el Reino de Dios debe estar en todas partes, no solo en los templos.

Sobre la conquista hispánica, escribí sin complejos: no como un hecho de opresión, sino como un acto de civilización, de fe y de encuentro. Sí, con errores humanos, pero también con una grandeza espiritual que hoy parece olvidada. Afirmé sin rodeos: “El Descubrimiento volverá a ser, en la radical unidad del hombre, flor de eternidad, triunfo de Hispanoamérica, ¡salvación del mundo!”

Mi muerte fue sencilla y silenciosa. Un olvido —el de mi inhalador— bastó para cerrar mi capítulo en esta vida. Pero aún queda pendiente algo: rescatar el pensamiento que dejé, que no nació para la vanidad, sino para el servicio de la patria, la verdad y Dios.

¿Charlamos un rato?

Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy

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