NICOMEDES ANTELO


 Nací en Santa Cruz de la Sierra, en una familia de sangre antigua y linaje portachueleño, pero mi verdadera herencia no fue el apellido, sino la sed de saber. Desde joven me sentí llamado por el conocimiento, ese fuego sagrado que no se apaga jamás. Lamarck, Spencer, Darwin, Haeckel... fueron mis guías invisibles, mis compañeros silenciosos.

Viví en una época donde se hablaba de civilización y barbarie como si fueran opuestos eternos. Pero yo no creía en esos absolutos. Prefería pensar que todo ser humano, por humilde que sea su cuna, guarda dentro de sí una chispa de luz, esperando ser encendida por la educación.

Por eso crucé las fronteras del país, rumbo a Buenos Aires, no por desprecio a mi tierra, sino para poder trabajar sin las cadenas del olvido y la indiferencia. Allí me hice maestro, el primero con título, y propuse una pedagogía nueva, humanística, más digna del hombre.

Escribí más de 40 ensayos. Soñaba con transformar la Escuela Normal en un templo del pensamiento libre, donde los niños aprendieran a ser mejores, no sólo más obedientes. Me adelanté a mi tiempo, lo sé. Y como a tantos otros, el silencio de la historia me envolvió.

Pero nunca dejé de hablar de mi tierra. Como dijo Gabriel René Moreno, podría haber pasado los siglos enteros recordándola. Porque uno puede alejarse del lugar donde nació, pero nunca del amor que lo formó.



Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy

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