Soy Roberto Navia Gabriel.
Nací en Santa Cruz de la Sierra en 1975, y
desde que tengo memoria, las historias —las reales, las invisibles, las
incómodas— me han perseguido como un deber, como un llamado. No escribo para
adornar la realidad, sino para mirarla de frente. Me hice periodista por
necesidad, por impulso, por convicción.
Estudié Ciencias de la Comunicación en la
Universidad Autónoma Gabriel René Moreno,
aunque mucho de lo que aprendí vino de la calle, de la selva, de los talleres
clandestinos y de las madrugadas sin descanso. Mientras todavía era estudiante,
comencé a trabajar en El Deber, y
desde entonces no he dejado de contar.
Gracias a una beca de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano,
creada por Gabriel García Márquez, y
luego a la Edward R. Murrow Fellowship
en Estados Unidos, tuve el privilegio de perfeccionar mi oficio. Pero mis
mejores lecciones me las dieron las víctimas, los testigos, los olvidados.
En 2005, llegó mi primer gran
reconocimiento: el Premio Lorenzo Natali,
otorgado por la Comisión Europea, por el reportaje Trabajar o morir. Era sobre niños bolivianos enfrentados a una
elección imposible: explotación o hambre. Luego vinieron otros premios,
nacionales e internacionales, pero cada uno de ellos solo confirmó que valía la
pena meterse en lo hondo del barro para encontrar verdades.
En 2007 recibí el Premio Ortega y Gasset del diario El País por Esclavos made in
Bolivia. Para escribirlo, viví infiltrado entre talleres ilegales donde
bolivianos eran explotados por mafias en Brasil
y Argentina. Nadie sale igual
después de eso.
En Bolivia, me otorgaron el Premio Nacional de Periodismo por La maldición de ser Sudaca, y el Pedro Rivero Mercado y el Juan Javier Zeballos por Tribus de la Inquisición, una crónica
sobre linchamientos en el trópico de Cochabamba, donde la justicia es fuego,
soga y rabia. Esa historia fue adaptada al cine en 2024 con el título Mano Propia, dirigida por Gory Patiño. Verla en pantalla fue
revivir cada paso, cada miedo, cada voz.
He escrito sobre indígenas que resisten al asfalto, sobre madera que se trafica como si fueran armas, sobre vidas que valen menos que una orden de
producción. No por morbo, sino porque hay que contarlo. Porque alguien
tiene que decir lo que no entra en los discursos oficiales.
Fundé y dirijo la Revista Nómadas, un espacio que camina sin apuro, con profundidad,
con respeto por los temas que no hacen ruido, pero duelen.
También soy coautor de Un tal Evo, una biografía que intentó
entender al hombre detrás del símbolo, sin consignas ni concesiones.
Sigo escribiendo. Sigo preguntando. Sigo
metiéndome donde arde. Porque en un país como el mío, el silencio no es neutralidad, es complicidad. Y yo elijo contar.
Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy
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