Nací en 1879, en la comunidad de Llanta
Urinsaya, allá donde las montañas hablan con el viento y las estrellas conocen
nuestros nombres. Mi pueblo era parte del corregimiento de Curahuara de Pacaxa,
hoy llamado Gualberto Villarroel. Desde pequeño vi cómo los hacendados se
apropiaban de nuestras tierras, aquellas que nuestros abuelos habían cuidado
como si fueran parte de su cuerpo. Vi también el silencio de la justicia… un
silencio que dolía.
Fui joven cuando la guerra federal
sacudió nuestras tierras. Marché con otros comunarios a luchar junto a Pablo
Zárate Willca, no solo por un gobierno, sino por la esperanza de que algún día
nuestras voces fueran escuchadas. Esa lucha me marcó.
En 1914, me nombraron apoderado del ayllu
Qallapa. Me enfrenté a oficinas y escritorios que negaban nuestras memorias.
Busqué los títulos de nuestras tierras, esos que los virreyes habían concedido
y que los criollos habían escondido. No fui el único. Junto a otros caciques
recorrimos caminos, cargando documentos como si fueran hojas sagradas. Pedimos
amparo a la Corte Suprema, recorrimos Sucre, La Paz, incluso Lima y Buenos
Aires. Fui apoderado general, representante de pueblos enteros que solo pedían
justicia.
Me encarcelaron más de una vez, me
llamaron subversivo, me robaron los papeles. Pero no pudieron encerrar la
dignidad. Desde la cárcel, en 1924, escribí: pedí que nos devuelvan nuestras
tierras, que nuestros jóvenes puedan servir a la patria y así ser reconocidos como
ciudadanos, y que se funde una escuela para enseñar a nuestros hijos a leer y
escribir sin olvidar quiénes somos.
Cuando vino la guerra del Chaco, el
movimiento se dispersó. Muchos hermanos murieron allá, en el calor del monte.
Aun así, seguí luchando, hasta que la vida se me fue en 1939, en La Paz. No vi
la justicia completa, pero sembré la semilla. Y esa semilla germina cada vez
que un comunario defiende su tierra, cada vez que un joven aprende su historia,
cada vez que un anciano dice con orgullo: “Aquí seguimos”.
Romiari reta/ Parlasiñani/ Parlakuy
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